16: Navidad en la Capital
Patricia y yo llegamos a Quito cuando esta estaba en pleno preparativo para Navidad. A 3,200 metros de altura caminar por las calles de la capital de Ecuador es cansador hasta que uno se acostumbra. Así que pasamos nuestros primeros días deambulando por el centro histórico que hace poco fue restaurado a su belleza de los tiempos coloniales.
El centro estaba lleno de colores, movimiento y música. Mujeres indígenas lucían trajes tradicionales de distintas regiones de la sierra andina y llevaban a sus bebes en la espalda envueltos en tela blanco puro. Desfilaban familias cargadas con regalos de tamaños diferentes y niños que ofrecían lustrar zapatos ó nomás pedían una moneda. También había mucha gente sentada en la plaza central como nosotras para descansar y disfrutar de los momentos del sol. Los viejitos saludaban a conocidos y se instalaban en los bancos por horas para conversar mientras que niños correteaban a su alrededor y jugaban en las fuentes, salpicando a todos los que se acercaban demasiado. Los gritos de estos niños se mezclaban con el murmullo de cientos de conversaciones, los pitos urgentes de los bocinas, la música a todo volumen que salía de las tiendas y las canciones de los músicos ambulantes que tocaban en las esquinas. Mi conjuntito preferido parecía ser una familia. El abuelo tocaba el acordeón, el padre la flauta andina, mientras que el niñito cantaba y mantenía el ritmo.
Sin familia en Ecuador, nosotras no teníamos planes para celebrar la Navidad. Lo que más queríamos hacer era encontrar una manera de ayudar como voluntarias para que la Navidad de otros fuera un poco más alegre. Aunque se lo preguntábamos a muchas personas, con solamente 2 días de anticipación no pudimos encontrar ninguna organización, casa de ancianos ó orfelinato que precisaba voluntarios. Sin embargo, la vida a menudo te ofrece sorpresas. Así nos pasó cuando conocimos a Rodrigo en la agencia de viajes la mañana del 24 de diciembre.
Rodrigo nos estaba ayudando a encontrar y reservar pasajes a Uruguay. Pero, además, era una fuente valiosa de información sobre Ecuador. Mientras que esperábamos los transmites de los boletos pasamos horas platicando de lugares turísticos que debíamos visitar en Ecuador, la política actual del país y hasta de nuestras familias. Al final, justo antes de salir de la agencia, le preguntamos si sabía de algún lugar donde podíamos hacer algún trabajo voluntario para Navidad. Rodrigo pensó largo rato antes de responder.
"Realmente no conozco un lugar así, pero yo también estaba pensando hacer algo con mi joven. A veces salimos a repartir fruta entre la gente en la calle para Navidad. Si quisieran, capaz podríamos hacer algo juntos."
¡Por fin, la oportunidad que esperábamos!
Nuestro tiempo con Rodrigo y Rodrigo hijo resultó ser mucho más que una oportunidad de trabajo voluntario. Pasamos toda la tarde juntos. Primero recorrimos Quito en su camioneta blanca. Los acompañamos a hacer mandados, subimos al Panecillo, una colina al sur de la ciudad, desde donde podíamos ver toda la ciudad y por fin fuimos al mercado a comprar fruta. Compramos tres cajas grandes de pequeños mangos anaranjados que llenaron el auto con su dulce olor. Ya se acercaba el atardecer cuando empezamos a repartirlos a las innumerables familias que esperaban en las calles principales.
"La mayoría de estas familias," nos explicó Rodrigo, "viven en barrios miserables en las afueras de la ciudad o en comunidades indígenas más lejanas. Vienen aquí durante la Navidad esperando recibir algo."
"¿No existe una organización que reparte las donaciones de una manera más ordenada y justa?" le pregunté.
"Que yo sepa, no. Debería haber. Pero por ahora, es mejor darles cosas directamente a la gente necesitada," me contestó. "Así uno está seguro que lo reciban."
Demoramos más de dos horas en repartir todos los mangos de a dos ó tres. Cada vez que parábamos la camioneta, niños venían corriendo desde todas las direcciones, a veces cruzando las calles esquivando los autos arriesgadamente. Los seguían sus madres con los hijos más chiquitos en sus brazos. Nos sentimos bien al ver las caras de felicidad de los niños, cubiertas en el jugo pegajoso de los mangos. Pero, a la vez sentí una tristeza profunda al solamente poder ofrecerles dos mangos chiquitos en vista de sus necesidades tan grandes. Sentí una tristeza profunda al ver que la mayoría de estas familias eran indígenas; al comprobar que los siglos de discriminación, opresión y explotación siguen causando grandes injusticias.
Había muchas otras familias repartiendo pequeños regalos de Navidad a los desconocidos en las calles. Algunas les llevaban ropa usada para abrigarse contra el frió invernal. Otras daban cajas de cenas completas del restaurante KFC. Al ver la generosidad de toda esa gente circulando las calles en sus autos en Nochebuena, sentí más esperanza en la humanidad. ¿Pero porque solamente aparece esa generosidad durante tiempo de Navidad? El hambre, el frio y la injusticia existen todo el año.

Haz "click" en el televisor para ver un mini-video de un grupo de baile folclórico de los Andes que vimos en Quito. |