14: La Isla de Ometepe
El lago de Cocibolca es uno de los lagos de agus dulce más grande del mundo. Al este, el gran río San Juan conecta el lago almar caribe. Del otro lado, a solo 16 kilometros, se encuentra el océano Pacífico. Hace mucho tiempo, cuando los océanos estaban más altos, el lago estaba conectado al Pacífico. Así que en ese entonces el agua era salada y los animales acúaticos del océano pasaba con libertad entre los dos cuerpos del agua. Muchos, muchos años después cuando bajó el nivel del agua de los océanos del mundo esta conección ya no existía y algunos animales marinos quedaron atrapados en el lago. Al correr de los milenios, algunos de estos animales se adataron al agua cada vez más dulce. ¡Ahora el lago Cocibolca es uno de los pocos lugares del mundo donde se encuentra tiborones de agua dulce!
Después de días de viaje estábamos muy emocionados al ver los dos picos volcánicos de la isla Ometepe que iban creciendo en el horizonte a medida que se acercaba el ferry. La mayoría de los niños nunca habían viajado en barco, así que disfrutamos mucho el cruce el lago. La hermana de Freddy nos fue a encontrar al muelle y los 24 la saludamos desde el piso de arriba del ferry mientras esperábamos decender. Me pregunté cómo se sentía ella recibiendo a tanta familia junta luego de años de vivir lejos de su familia.
Resultó que la hermana de Freddy vivía justo en la orilla del lago. Desde el patio de su casita se ven las olas apetecedoras romper contra la arena. Desde el momento que nos despertamos la primera mañana y salimos de las carpas, los niños querían esta en el agua. ¡Al correr de los días algunos pasaban tanto tiempo en el agua que temíamos que se iban a convertir en peces!
Nos divertimos todos nadando en el lago, saltado las olas y sumergiéndonos sin la sal ni la corriente fuerte que tiene un océano. Lo que más me gustó fue cuando todos nos metimos en el agua juntos: niños, jóvenes y adultos en familia. Algunos nunca se habían bañado en olas tan grandes y era lindo acompañarlos para que se sientieran seguros y ver como se animaban cada vez más a disfrutar del agua. Juntos nos metíamos más ondo, cargando a los niños más pequeños por encima de la olas, jugamos a la pelota y nos persiguíamos corriendo por el agua. Luego cenábamos mirando el puesto del sol en el patio, jugábamos triominos y por fin nos sentamos a placticar un largo rato antes de acostarnos.
Todos nos sentimos tristes cuando tuvimos que desarmar las carpas, subir al minibus y empezar el largo viaje de vuelta. Había sido tan lindo tener el tiempo para disfrutar juntos en familia lejos de las preocupaciones de la vida diaria de Pueblo Nuevo. Nuestra estadía en Ometepe realmente fue un paraíso isleño. |